Memoria olfativa
La chica del tren
Estaba en el tren que me llevaba a casa después de un viaje de negocios cuando vi llegar a una chica con un precioso pelo negro y ojos verde esmeralda. Se sentó en el asiento de enfrente y me sonrió. Al cabo de un rato, me armé de valor y le pregunté adónde iba. “A Florencia”, me dijo, “soy estudiante de arquitectura y voy a licenciarme”. A partir de ese momento, hablamos durante todo el viaje y enseguida nos dimos cuenta de que teníamos una gran empatía. Cuando viajas conoces a mucha gente, y nunca prestas demasiada atención a las personas que hay por el camino, pero rara vez ocurre que encuentres a alguien interesante. Cuando llegamos a Florencia, como un buen caballero, la ayudé con las maletas y ella me besó en la mejilla para darme las gracias, luego dijo “Spe- ry volver a verte” y la vi alejarse lentamente. “Al diablo”, pensé, “no le daré la espalda al destino”. Bajé del tren y corrí tras ella, la llamé y le pedí su número de teléfono, el tren estaba a punto de partir, aún recuerdo su sonrisa y sus ojos verdes mientras me decía el número. De vuelta al tren, escribí el número en la página de una revista de moda que alguien había dejado en el asiento contiguo al mío. Aún lo recuerdo porque había un anuncio de un perfume y una foto de una cascada de flores.
Al cabo de unos días intenté llamarla, pero el número era inexistente. ¿Lo había escrito mal? ¿Me había dado un número inventado? Nunca lo sabré. Nunca volví a verla. Sólo me quedó el recuerdo de aquella página de periódico que tenía el aroma de una rosa, frío, metálico, pero también con notas dulces, como aquellas horas pasadas con ella.
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